“FRANKENSTEIN de MARY SHELLEY: DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS”

Diferentes ediciones de Frankenstein

(Simbiosis Cine y Literatura)

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Aunque no estamos viviendo un “verano boreal” como el de 1816, fue justamente durante aquel anodino y lluvioso verano cuando la escritora inglesa Mary Shelley comenzó a pergeñar Frankenstein o el moderno Prometeo”, cumpliéndose en este año 2018 los doscientos años de su publicación. Aun no siendo las condiciones meteorológicas sino algo similares en este año 2018, debido al cambio climatológico que sufre la Tierra como mecanismo de autorregulación, no olvidemos que “Gea” es un ser vivo. Tan vivo que puede arrastrarnos a la muerte desplegando sus fuerzas naturales.

No puedo ni quiero obviar este bicentenario literario porque dicha obra es una de las que más me han subyugado desde mis primeras lecturas de juventud. Por cierto, he visto ya la película sobre la biografía de su autora, Mary Shelley (Godwin, de soltera), donde se desvelan algunas pinceladas psicológicas -del que sería el personaje principal de su obra cumbre- y las tecnológicas, que hicieron posible que su autora gestara y pariera al “monstruo” más famoso de la historia de la Literatura dentro del género gótico, siendo más de ciencia ficción que de terror. Os aseguro que no he podido evitar establecer un paralelismo con la “inteligencia artificial” de nuestro tiempo ya que también nos plantea la misma cuestión moral sobre el hombre, que como común mortal, no puede ni debe jugar a ser Dios.

Mary Wollstonecraft Shelley

En esta nueva versión cinematográfica se aborda con profunda fidelidad la biografía de Mary desde su infancia ﹣huérfana de madre desde su nacimiento﹣, y su relación amorosa con el poeta Percy Shelley. La pareja y la hermanastra de Mary pasarían ese anodino verano de 1816 en compañía del doctor John Polidori y el mismísimo Lord Byron como anfitrión en una villa que el afamado autor tenía en Suiza; aunque sí eché de menos alguna escena o plano del lago, al que siempre creí que acudieron a bañarse y pasear en barca en alguna ocasión. Supongo que el mal tiempo que hacía﹣llevaba semanas lloviendo sin cesar y estaban aburridos en casa﹣, no podía incluir escena semejante en esta última versión, aunque desconozco si la existencia del lago se trata de ficción cinematográfica.

El mismo desconcierto puede surgirle a quien espere ver cómo la protagonista se afana en escribir su famosa obra. La actriz que interpreta a la autora aparece escribiendo en varias planos secuencia muy cortos donde su propia voz va narrando lo que está escribiendo, siendo lo que lee poco simbólico para saber que estamos ante Frankenstein y no cualquier otra obra de terror. Me queda claro que los guionistas no han deseado darle importancia al hecho en sí de la escritura de la novela. La película trata sobre la vida de la autora y no sobre su obra cumbre.

No es mi deseo contaros más sobre la versión de cine -aún habiéndome parecido más fiel a la realidad de su vida que otras que la antecedieron, quizás porque como he comentado, trata más sobre su vida que sobre su obra-, pero creo que es de obligada visión para quienes desean llegar a los entresijos de ambas historias, realidad y ficción: la autora y su personaje, intrínsecamente unidos, pues no puede ser de otra forma.

Con “Frankenstein” ambos quedaron consagrados para las Letras Universales. Digo bien: “ambos”; el engendro que se creía humano frente a su creador, (Frankenstein versus Dr. Victor Frankenstein), y una de las escritoras inglesas más singulares por su ascendencia y biografía: Mary Shelley era hija de una de las primeras mujeres feministas, la filósofo y escritora Mary Wollstonecraft, -quien proclamó por escrito y llevó a la práctica la libertad de la mujer en toda la amplia extensión de la palabra escandalizando a la sociedad de su época como autora del libro, “Vindicación de los derechos de la mujer (1792)”- y del que fuera su padre, el filósofo, novelista y periodista William Godwin, que regentaba su propia librería, espacio ideal donde la joven autora se iniciaría en la profusa lectura de las grandes obras literarias. El talento innato para la escritura de sus progenitores hizo el resto, pues para regocijo de su padre, Mary lo heredaría.

(Primera edición de Frankenstein 1818)

Ignoro si es ficción o realidad el hecho de que en la película sea su padre quien hace posible que la autoría de su hija salga a la luz bajo su supervisión en una tercera edición en 1831, pero de no serlo tampoco desmerecería que aparezca un solo plano para que el espectador lo sepa: John Godwin, padre y escritor, se siente orgulloso de su hija; más aún siendo un hombre que a través de su mujer llegó a entender el alma femenina como un espíritu libre y no como una sombra del hombre.

El nombre de “Mary Shelley” no apareció en las primeras ediciones y a quien se mencionaba como posible autor era al poeta Shelley, quien se ofrecería a prologar el libro pero no osa poner su nombre como autor por respeto a la obra de su amada. Eran tiempos en que las mujeres escribíamos tras un nombre masculino o directamente, nuestras obras pasaban a ser propiedad intelectual de hombres que no eran duchos en el oficio literario.

Dos siglos después, su madre la escritora feminista Mary Wollstonecraft, pero sobre todo su hija, Mary W. Shelley, regresan a la actualidad más rabiosa y las dos continúan estando “de moda”. La hija, en especial, porque con su novela se desvela como una “visionaria” cuando aborda temas morales como el buen o mal uso de los adelantos tecnológicos (el galvanismo fue la prueba científica de la que se sirvió para idear la parte argumental principal) y es con el propio personaje de Frankenstein donde con toda intensidad despliega los valores del “bien y del mal”. Pero los estudiosos de su obra saben que tuvo gran influencia en su escritura el autor de “El paraíso perdido”, el escritor inglés John Milton.

Había contribuido a esta madurez de su obra la pérdida de su primer hijo a muy temprana edad y sus muchos problemas con el amor de su vida, el poeta Percy Shelley, quien creía que por ser ella hija de una escritora vindicadora de la libertad de la mujer, accedería a algo que hoy día, en el siglo XXI, han dado en llamar con poco acierto “poli-amor” cuando en realidad están hablando de una libertad sexual muy alejada del amor romántico que propugna el movimiento de la época del romanticismo. Y, sin embargo, no hallo mucha diferencia entre la hipocresía de la lealtad en el amor de siglos pasados y las nuevas fórmulas de amor sin compromiso a las que yo no llamaría “amor”.  El personaje de Frankenstein nos demuestra, claramente, qué es el amor verdadero.

“En realidad, será que no hemos cambiado tanto”, se me ocurre pensar… Aunque el corazón de una mujer enamorada solo vive para el amor de su vida y no necesite de tales libertades, como así sucedió con la joven escritora que estaba a punto de escribir su obra más conocida e inmortal, precisamente la misma inmortalidad que perseguía para su personaje en un vano intento por encontrar una forma de burlarse de la muerte, la misma que le había arrebatado a su hijo William siendo ella una joven de dieciséis años.

Con la publicación de su novela, la autora acabaría por saldar los “demonios internos” que se habían desencadenado entre el sopor de sus sueños o pesadillas tras aquella muerte prematura que la hundió en una depresión, la soledad por su propia orfandad materna y la turbulenta relación amorosa que mantuvo con el poeta Percy Shelley, más dado a la infidelidad y el buen vivir que a hacerla feliz.

                 (El Frankenstein del Cine)

“Frankenstein o el moderno Prometeo”: una buena recomendación de relectura y cine para este verano, que no siendo un verano boreal como el de hace doscientos dos años ﹣a Dios, gracias﹣ es, con más o menos lluvias u olas de calor, un momento propicio para que prenda el germen creativo en alguna mente talentosa. Y tal vez, pueda avivarse el deseo por leer alguna de sus otras novelas puesto que ella siguió escribiendo y publicando.

Esto es parte de todo lo bueno que tiene celebrar centenarios y conmemoraciones cuando no deseamos que obras cumbre de la cultura literaria y los primeros logros de la ciencia queden relegados al olvido cuando lo que hicieron fue marcar un hito, en este caso, literario. Si queremos recurrir a otros casos, podríamos referirnos a Julio Verne, quien siendo prolífico en obras “visionarias” tiene su puesto en los anales de la historia sin perjuicio de restar la más mínima fama y valor a la creadora del moderno Prometeo.

El año 2018 es, sin duda, el año del renacimiento literario de FRANKENSTEIN y MARY SHELLEY.

Alicia Rosell, 1 agosto 2018

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Elle Fanning se convierte en Mary Shelley. Junto a ella están están Douglas Booth, Bel Powley, Tom Sturridge o Maisie Williams entre otros, dirigidos por Haifaa Al- Mansour, para traer ahora a la gran pantalla la historia de ‘Frankenstein’.


 

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