“EL BESO DE LA MUERTE”

"El beso de la muerte"

«Hasta hace ocho años, y con anterioridad durante muchísimos más, yo iba sin falta a los cementerios cada 1 de noviembre a visitar a mis difuntos: bisabuelos, abuelos, tíos… Mis muertos están separados a fecha de hoy: mis seres más queridos y cercanos yacen en una urna.

Me cuesta entender que decidieran la cremación pero no me quedó otro remedio que aceptarlo; ni siquiera los disuadí en vida porque respeté su decisión. Por eso, porque no puedo ir a visitarlos al cementerio, mis visitas se han espaciado y relegado. Hoy les encendí velas como tantos otros días y no siento temor ni aprensión por tenerlos en casa porque uno se acostumbra (algo que la Iglesia rechaza tanto como la incineración). La muerte, queramos o no aceptarlo, nos ronda desde que nacemos y hay que asumirla como parte de la vida.

En cambio, yo siempre he sido partidaria de que hay que dormir el sueño eterno como en los antiguos enterramientos, en el suelo, que la misma palabra lo dice; pero esta costumbre también se va perdiendo, en ocasiones por falta de presupuesto -porque morirse es carísimo (panteones) aunque lleves cincuenta años pagando el recibo de la funeraria-, y otras veces porque las costumbres han cambiado y casi todo el mundo opta por la cremación. No las critico ni cuestiono, pero si vamos al significado de la palabra “enterrar” todos sabemos que es ir a parar con los huesos bajo tierra.
Tengo la romántica idea de que un cuerpo sin vida podrá fundirse con la madre naturaleza si se entrega a la tierra e incluso puede dar paso a otras formas de vida en un último intento por darles continuación. Ni nichos ni urnas pueden cumplir esta entrega. Me explico:

Cuando murió mi padre me dieron semillas de alcornoque para sembrarlo junto a sus cenizas en esta mi tierra vasca. El arbolito vivió año y medio y este verano murió bajo los calores extremos cuando pensé que podría unirlo a los árboles frutales del huerto donde tantas horas pasó mi padre allá en su pueblo. De abril a septiembre pasó del verde al marrón, pero sigue fuerte y sus hojas no se caen. No consigo sacarlo adelante. Creo que está muerto pero me empeño en revivirlo.

Lo escribo y lo refrendo: ¡Cómo nos la juega el subconsciente! Ya sé la razón por la cual no quiero sacar el alcornoque de casa: sería como no dar opción a que las cenizas de mi padre tomen otra forma de vida. A mí me hubiera hecho feliz; al fin y al cabo, cada cual se consuela como puede, pero ya he aceptado que el alcornoque nunca suplirá su ausencia corpórea y también debo dejarlo morir. Me consoló su presencia en mi ventana durante año y medio. Creo que ya cumplió con su misión.

Hoy, festividad del Día de Todos los Santos y víspera del Día de Difuntos, mañana 2 de noviembre, vamos a honrar a nuestros muertos como ellos en vida honraron a los suyos y así, sucesivamente, en línea ascendente. Porque la muerte es -paradójicamente-, ley de vida.

Confieso sin escrúpulos que me gustan los cementerios. En parte alguna encuentro tanta tranquilidad como paseando por ellos. Porque es a los malos actos de los vivos a quienes hay que tener miedo. A los muertos les debemos nuestro recuerdo y el respeto por su lugar de descanso eterno.»


Alicia Rosell© A mi hermano, mi madre, mi padre. A mis abuelos, tíos y primos. A amigos, vecinos y a todos los difuntos.

Imagen: “El beso de la muerte”, obra creada en los talleres del escultor Jaume Barba en 1930. Esta escultura, en concreto, es un trabajo de uno de sus operarios, Joan Fontbernat. Cementerio de Poblenou, Barcelona.

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