MIENTRAS DURE LA GUERRA, de Amenábar (mi opinión)

Mientras iban saliendo los créditos de la película, no se movía nadie de sus butacas. El silencio abrumador del público presente fue dando paso a las miradas de soslayo. Nos mirábamos como si temiéramos que aquello que habíamos visto en la pantalla contado por Amenábar pudiera volver a suceder, porque en «Mientras dure la guerra» se apela al sentimiento más que a la acción cruenta, sin apenas muertos, sin escenas de sangre ni las atrocidades de la guerra civil (incivil, como la llamara Unamuno). Pero no lo precisa: escuchar los tiros en la lejanía pone el vello de punta…

Puede parecer una película muy condescendiente para con los personajes menos apreciados y detestados de la historia y quizás ni siquiera sea rigurosamente histórica para los historiadores, pero sobre todo es poco bélica como producto audiovisual; y no lo es porque el personaje central de Unamuno, con sus luces y sus sombras, las mismas de la época -que sin paradojas, coincide tanto con las actuales- es el que da todas las notas de sorpresa, dolor y rabia contenidas que solo libera en ese famoso discurso en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca.

La visión del intelectual vasco, español y universal que era Unamuno para todos, es la única que nos deja mudos y parados al finalizar la película. Así, con esa magistral interpretación de Karra Elejalde, que nos mete en las escenas como si estuviéramos viviendo la ignominia del comienzo de una contienda, logra removernos las entrañas y nos arranca algunas lágrimas (al menos, a mí). Unamuno muere apenas dos meses después de ese discurso en la Universidad y tampoco se ve en la película; es suficiente con verlo escribir junto a la ventana desde donde se divisa una bandera nacional raída ondeando en segundo plano sobre un tejado donde comienza a nevar.

La paradoja, «viva la muerte» es como decir «muera la vida» -que a Unamuno tanto encorajina y le hace gritar en mitad del Paraninfo- danza sobre esa última escena tal y como al comienzo de la película lo hace la bandera republicana que se recrea en blanco y negro para el espectador, quizás como un presagio o una alegoría o tal vez, con intención, para hacer poesía de una obra cinematográfica que nos habla de emociones y sentimientos encontrados.

A mi modo de ver, esta película era necesaria desde tal enfoque y sin duda, el personaje de Unamuno le da a Amenábar los mejores pasajes para su construcción logrando que se haga imprescindible verla para entender nuestro presente. No entro en detalles políticos, no son precisos.

Quien pretenda visionarla como un alarde de patriotismo se llevará un chasco, tampoco es un film de guerra al uso; no intenten sacarle punta porque saldrán desilusionados. Amenábar no ha pretendido nada de ello con su nueva película y tampoco voy a hacer una comparativa con sus anteriores obras cinematográficas puesto que son totalmente diferentes. Logra -en cambio- el cineasta, ensalzar la figura del gran escritor que fue nuestro bilbaíno más universal (Unamuno), quien a sí mismo se tilda en el guión de «unamuniano» y es aquí donde se aprecia la grandeza del intelectual que fue y que con suerte, hará que se vuelva a leer su obra para conocerlo mejor como hombre y escritor.

Amenábar ha sabido poner el foco de atención en su personaje y su pensamiento, su incredulidad ante lo que se estaba gestando casualmente en los meses finales de su vida. No se percata de lo que está sucediendo hasta que le mandan a callar a cambio de no perder la vida. Ahí comienza el verdadero calvario del autor, su enfermedad y muerte llegan a la par que la enfermedad de una gangrena llamada guerra y una muerte calificada como civil. Querer ir más allá de lo que narra sus secuencias y planos, bellísimos por su fotografía, es malgastar el sentimiento inefable que nos solivianta al ver «Mientras dure la guerra».

Veámosla en su sentido estricto del mensaje para que no vuelva a repetirse la historia, mejor o peor contada, y veámosla como un homenaje al gran Miguel de Unamuno y Jugo de quien haríamos muy bien en volver a (re)leer sus obras, desde la primera hasta la última. Yo tengo mi antología particular y en más de una ocasión os he puesto la foto del libro. Leed «Niebla», «El Sentimiento trágico de la vida» y «Paz en la guerra» y todo lo que podáis porque no os decepcionarán ni sus novelas, ni sus ensayos o poesía.

Yo quedo infinitamente agradecida a Amenábar por traer a la primera plana a nuestro escritor bilbaíno más universal. Me quedo con ese silencio respetuoso al acabar la proyección mientras la gente comenzaba a levantarse y apenas hablaba, quizás sintiendo para sus adentros un cierto miedo por lo que no sabemos si pueda estallar: es lo que creo que algunos barruntábamos. Y sí, no será su mejor película para los entendidos, pero vamos a ser por una vez menos críticos y más pensadores con quienes tienen el don de dar en la diana en el momento oportuno.

Un apunte final, personal. Yo no sé mucha papiroflexia, pero mi abuelo materno, sí, y cuando veía las manos de Unamuno practicándola, no podía evitar recordar a mi abuelo creando sus animales de papel. Mi abuelo también se llamaba Miguel y tenía seis hijos cuando comenzó la incivil guerra del 36. «Muerte, sí, pero muerte a la guerra». Y esto lo digo yo. Respeto, ante todo y ante todos para poder convivir. Es lo que precisamos.

Alicia Rosell, en Bilbao a 3 de octubre de 2019.

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