ENFERMEDAD Y LITERATURA

 

Creatividad y enfermedad van a menudo de la mano. No es desconocido el hecho de que muchos escritores han sido y son personas enfermizas, pero quizás solo sea éste de la enfermedad —que produce mucha dosis de sensibilidad a la que comúnmente algunos tratan como si fuera verdadera inspiración- un plus que añadir a la lista de rasgos que conforma la idiosincrasia de todo autor.

Que la enfermedad sea psicológica o fisiológica es lo de menos, pues siempre acaban desembocando y confluyendo ambos rasgos en idéntico desafío frente a la misma. El hecho es que no siempre se sobrellevan, especialmente en los tiempos digitales que corren y cuando vender libros precisa de la constante presencia de los escritores en todos los medios de comunicación y, cada vez más, ante sus lectores.

Sí. Todo ha cambiado en este mundo solitario del Oficio Literario. Hemos pasado de aquella época romántica en que el escritor convivía con su soledad, solamente rota en tertulias de Cafés, a la actual, en la cual un escritor debe viajar mucho y estar presente en diferentes eventos a camino entre una suerte de pretendida tertulia que no cumple los cánones y la «presentación-debate-entrevista-conversación» con preguntas del público al finalizar la comparecencia; mención aparte merecen las entrevistas de siempre en la radio y las que aparecen en periódicos y revistas culturales; todo ello trabajo extra pero necesario: se ha pasado de ser solo escritor/a a ser vendedor/a si quieres que tu obra se dé a conocer. Y es que, por desgracia, no es una imposición sino una necesidad perentoria de los tiempos que corren. Viajes incesantes, hoteles de turno y programas de presentaciones maratonianas son el nuevo mundo al que se enfrentan los escritores del siglo XXI.

Esto es agotador si estás bien de salud, así es que habría que preguntarse si habrá autores de salud frágil -hay más de los que se cree- que deben renunciar o no aceptar contratos con draconianas* giras, amén de la presencia necesaria en las Ferias anuales nacionales y extranjeras, porque todo ello implica viajar y estar ausente del escritorio, de la casa, de la creatividad en soledad y de los cuidados médicos. Una decisión que frustra su productividad  por no verse en la tesitura de tener que recorrer medio mundo con el peso de sus dolencias y no precisamente el de sus libros. Peor aún, habría que preguntarse por cuántas personas deben abandonar su deseo de hacer carrera literaria y no llegan a ser escritor/a profesional porque las vicisitudes de la vida no se lo permiten o limitan su actividad a lo que buenamente pueden con tal de no desaparecer del panorama editorial contemporáneo.

Tal vez la pregunta deba hacerse a los editores de la nueva era, los únicos que podrían apostar por autores de talento pero que no pueden cumplir con ciertas cláusulas de marketing.

La alternativa para personas con cierta discapacidad pasa por aprovechar el mundo digital y las plataformas como Amazon, pero, ¿realmente un buen autor/a podrá ver recompensado su trabajo si su presencia es solo virtual? Me consta que hay personas que no solo por enfermedad sino también por diversas circunstancias de la vida -siempre sorpresiva y a veces, injusta- deben conformarse con que sus ventas se den en el mundo virtual (lo cual no les exonera de hacerse publicidad en todas las RRSS si quieren ver buenos resultados) y no podrán potenciar el libro en formato papel, el de siempre, el que nunca debe morir ni lo hará porque antes puede fallar la tecnología del mundo irreal que supone todo “lo digital” que el de la realidad empírica que implica vivir.

Los oficios están cambiando. El Literario no podía ser menos. Nos estamos adaptando, pero es preciso que también el mundo editorial y digital se adapte a nuestras necesidades para no interrumpir una carrera literaria que no puede crecer en igualdad para quienes sufren menoscabo de su salud. Alguna solución debe existir, estoy segura. Es cuestión de ponerse a trabajar en ello desde el sector editorial para favorecer que los autores menos favorecidos puedan y podamos seguir creando para nosotros mismos y para los lectores que se ven privados de nuestra presencia; no se trata de estar siempre ausentes, sino de reducir el esfuerzo físico para alimentar la creatividad del autor enfermo o de precaria salud sin restarle posibilidades de  promoción para venta de sus obras.

Si hemos logrado llegar a millones de internautas lectores través del streaming (todo un logro de acotamiento de distancias geográficas) y los ebooks o storytelling, quiere decir que algo sí se puede lograr. Creo que la lucha por esta equiparación, digamos «laboral» merece mucho tenerse en cuenta aunque no ignoro, por mi doble experiencia como escritora y editora, de las dificultades que deben asumirse. ¿Habrá editores o editoriales dispuestas a aceptar el reto?

*Draconiano: Proviene de Dracón, legislador ateniense.

Galdakao, 25 mayo 2019.

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