LA PESTE DEL SIGLO XXI

LA PESTE DEL SIGLO XXI

—El virus del miedo—

La mayor limpieza, la más aséptica, la menos dolosa para los mandatarios son las guerras donde todos nos involucramos, sea por ideología política, patriotismo o religión. A partir de este año 2020, quienes dictan el orden mundial saben ya que somos obedientes, que enseguida nos amoldamos a las peores circunstancias -porque normalizamos enseguida cualquier situación nueva por rara o distópica que sea- y que los ensayos puestos en marcha -si lo fueran-, dan resultados. No es tan difícil una guerra de esta clase y ya lo están constatando. No es por el miedo que inocula el virus en los ciudadanos de riesgo, ni siquiera lo es por la muerte que le sigue de forma inexpugnable. Es por lo bien orquestado que está todo que ya no se precisan guerras como las pasadas. Y la mejor prueba es la misma presunta prueba a la que podríamos estar siendo sometidos. No es el miedo a las multas o la cárcel por saltarse las normas ni por el aparente estado de sitio al que nos someten las autoridades lo que nos tiene sujetos en casa. Es el instinto de supervivencia.

Los gobiernos ya saben que somos capaces de obedecerlos sin rechistar, de fiscalizar que nuestros vecinos, familiares o amigos sigan las reglas y las respeten. Somos capaces de denunciar como en los tiempos de guerras pasadas, por venganza, odio o envidia. El ser humano es así de manejable y ese mismo deseo de supervivencia nos convierte en nuestros propios y peores enemigos cuando increpamos a quien camina por la calle mientras vigilamos desde las ventanas, única conexión con ese mundo real que hemos dejado de lado solo para cuestiones básicas como ir a comprar, algo así como una cárcel en el propio hogar. Pero tenemos razones de peso para creer que todo debe ser así en la lucha contra una pandemia que tiene variadas teorías para serlo, desde las científicas que nos hablan de que la Naturaleza se regula por sí misma para diezmarnos, hasta la más conspiranoica que nos habla de guerra económica entre las mayores potencias mundiales. No nos olvidemos de la otra carrera: conseguir la vacuna o medicamento que enriquecerá a los laboratorios farmacéuticos que obtengan la patente.

Todo es posible y nada desdeñable entre las muchas teorías barajadas, porque nos pueden estar restando libertad de expresión aunque no se difundan bulos, que no es libertad de expresión, sino delito; incluso este escrito así sería considerado en lugar de libre pensamiento según quien lo lea, pero no se puede tapar el sol con un dedo para que dejemos de ver la luz que nos alumbra. Por eso, cuando acucian graves problemas mundiales, nos distraen para desviar nuestra atención hacia otras cuestiones -otro argumento posible a sumar a los muchos que circulan-.

Que cada individuo crea lo que se amolde más a su libre pensamiento -si es que lo cultiva-, aunque es difícil cuando el miedo atávico nos señala al culpable reiteradamente desde los medios de comunicación que sirven a los intereses de los gobiernos y los mismos representantes de los gobiernos nos van inoculando el miedo a pequeñas dosis, con cierta empatía. Algunos incluso se manejan bien en el arte de la afectación; saben actuar. Y nos convencen.

Lo que más necesitamos es la libertad de movimiento, le siguen la libertad de expresión y la de poder decidir de forma individual y no solo colectiva, cómo podemos ser libres lejos de la esclavitud que nos impone este cambio de paradigma en el que nos hallamos inmersos. Pero ya no podemos apelar a lo que se nos ha cercenado de raíz para que esta guerra sin cuartel termine en las fechas fijadas. Es por ello que se nos dan las pautas en pequeñas dosis para comprobar que nuestra respuesta va a ser la que se precisa. Nos piden paciencia y acatamos que somos guerreros desde el confinamiento.

Hace mucho que dejamos entrar en nuestros hogares al ‘gran hermano’ y somos vigilados por voluntad propia cada vez que nuestra huella queda patente en las redes sociales. Todo es estudiado al dedillo y todo es analizado; nuestro comportamiento ante diferentes estímulos, desde los buenos hasta los peores. Si esto es un experimento más, parece que va bien: en general la respuesta a nivel mundial es la solidaridad. Cada país o región, con más o menos aciertos en sus medidas extremas, tiene ya una estimación propia sobre el alcance de muertos al que se llegará, y los ciudadanos se van concienciando. La concienciación es la fase más dura pero también es manipulable cuando se hace por etapas. Lo último que se nos va incorporando es la cifra de personas que sanan; porque hay que dejar un respiro al ciudadano que no logra digerir que miles de personas morirán; ya lo están haciendo. La limpieza va dando resultados. El contagio hace tanto tiempo que comenzó que la suciedad de la mentira se ha incrustado hasta los mismos ejes del engranaje de la sanidad. No queda títere con cabeza en esta guerra nueva e insólita, alejada de las trincheras de la I Gran Guerra o del genocidio nazi de la II G. Mundial. Pero en este posible o presunto ensayo casi todo sale bien para los ciudadanos; se nos ha hecho saber que morirán solo personas mayores y de riesgo. Todo va bien excepto la lucha contra la muerte de quienes están en esa franja de edad peligrosa. Pero sale bien levantar hospitales de campaña en tiempo récord, que los magnates, empresarios y multimillonarios hagan donaciones para combatir esta enfermedad y muchas carencias sean suplidas con más rapidez que con las cadenas de montaje (entran en acción esas benditas impresoras 3D para fabricar los respiradores que tanta falta hacen). La solidaridad, desde el comienzo, es la mejor arma de guerra mientras la guerra económica se cobra miles de vidas humanas.


Este virus ha llegado en el mejor momento de la historia de la humanidad, similar pero alejado de los anteriores responsables de la Gripe A, ébola o VIH. Estamos confinados pero tenemos de todo para aguantar nuestros encierros gracias a las nuevas tecnologías; mientras, muchos presos saldrán de las cárceles. El miedo llegó a los presidios y los motines son muestra de ese temor a quedar en el ostracismo. Resulta todo tan (in)oportuno que incluso se acaba convenciendo a los dirigentes que luchan por la independencia de sus territorios que no es el momento de hacer concesiones; las cuestiones más prioritarias solapan a otras que no lo son y el tiempo cuando pasa, nos doblega. Luego, llegará el olvido y todo pasará, porque nada dura para siempre.

El mundo se cuestiona si seremos diferentes cuando todo acabe. Y yo creo que sí, porque habrán logrado dar el primer gran paso hacia el siguiente, quizás más inquietante o irreal, aunque es difícil imaginar quién será el chivo expiatorio o tal vez, el culpable directo de una posible próxima pandemia si después de esta no se depuran responsabilidades.

No. Nada será igual cuando todo haya acabado porque ya nada lo es, pero sobre todo, porque no ha acabado; a mi modo de ver, no ha hecho sino empezar. Desde el paciente «cero» en China, todo dejó de ser lo que era para convertirnos en personas más dóciles. Solo faltan las granjas y acabar como animales (y no es una alusión ‘orwelliana’).

Se puede creer que tal vez divago o deliro. Reflexiono, simplemente. Creo, también, que no ayuda mucho a nadie cuestionar la realidad sembrando el temor o la duda en base a estas palabras mías (llámese opinión o elucubración), tan propia pero tan libre como agua de arroyo cantarín, mientras yo sigo en mi encierro como millones de seres humanos. Digo que no ayuda a nadie porque lo desconozco. Una sola cosa sí sé. No se puede ser creativo sin ser insensato o no estar un poco loco. Arriesgarse a exponer los pensamientos por escrito para que vuelen libres como ese pájaro que canta tras mis ventanas es la única conexión con un encierro asumido como libertad cuando en realidad es inducida.

Un virus letal por su contagio ha sido capaz de reducir las libertades en menos tiempo que cualquier estado dictatorial. Y la economía junto a las libertades, todo a una, se están destruyendo para reconvertir el nuevo mundo en no se sabe muy bien qué nuevo régimen. Que cada cual saque sus propias conclusiones pero no propaguemos teorías sospechosas para los gobiernos que han sido capaces de someternos tan solo con las palabras «pandemia por coronavirus». Asusta comprobar con qué facilidad se nos controla en estos tiempos.

Que antes de la siguiente fase, ensayo, contagio o pandemia, pase otro siglo, como mínimo, por favor. Y piensen u olviden, como gusten, pero no dejemos que piensen por nosotros. Es la única libertad que no puede robarnos un virus llamado miedo. Aún.

 

Alicia Rosell, Galdakao-Bilbao. 23 marzo 2020

 

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