Narrativa

«Yo soy de aquí y soy de allá…»

Llego a Cáceres dos días antes de la celebración del Día de Extremadura, 8 de septiembre. Hace calor, pero no tanto como en julio o agosto (35º a estas horas es una maravilla comparados con los cuarenta de media). Anoche dormí de puro cansancio, acumulado entre preparativos, viaje y puesta a punto de la casa que permaneció vacía catorce meses seguidos por primera vez; la causa: la pandemia. Durante todo el año en curso ha llovido más que nunca y cuando ha parado y empezado a hacer calor, lo ha hecho como si calentara para el mismísimo infierno. Entre la humedad y los calores, había más suciedad que otros años. «(H)Ogaño -sí, aquí las gentes de antes decían «(h)ogaño» a «este año» he limpiado mucho y me duelen hasta las pestañas de arrancar maleza de entre las baldosas del patio, limpiar la mucha «fusca» (suciedad) acumulada por los remolinos de aire que arrastran tierra desde la sierra, las telarañas que habían crecido en los enrejados de las ventanas y la puerta e incluso en el buzón de cartas.

Todo este trabajo ímprobo de puertas adentro mientras el huerto solo lo he visto por la ventana -aún no he bajado-, asolanado, con el suelo repleto de los frutos de los árboles que no pudieron ser recogidos, silencioso junto a los olivos donde me cuesta cada vez más escuchar el canto de las chicharras (cigarras) como en mi infancia y juventud: «¿será que también se están extinguiendo?», me pregunto con preocupación».

Y todo esto en compañía del fondo musical estridente de los pájaros cayendo a cientos sobre un árbol de otra vivienda que veo por encima de los muros; una fiesta sin mascarillas para las aves cantarinas que llegan cada atardecer, mucho antes que los vencejos casi a estrellarse contra los muros o los murciélagos, ya entrada la noche; fiesta que es ritual diario e imperdible. Pero el árbol no se cae; todo lo aguanta, todo lo resiste. Esto es Extremadura. Extrema y dura: todo lo soporta… Incluso la pandemia, la falta de trenes, de trabajo para la juventud y tantas cosas que solo la Historia conoce: ser mil veces conquistados antes de ser conquistadores -«el hambre, madre, el hambre mandó a los hombres a otras tierras y allá se envilecieron algunos; ese es su peor pecado. Porque la escasez provoca buscar la abundancia a toda costa, incluso de la vida propia», pienso a sabiendas que la empatía de muchos americanos no estará conmigo-, pero habría que haber vivido en los pueblos de Las Hurdes, donde la pobreza aquella no existe como entonces, pero sigue siendo desde ese norte de la provincia hasta el último pueblo de Extremadura, toda una grandiosa tierra olvidada aun siendo rica desde sus entrañas. («¿Qué pasó? Se fueron los caciques y quedaron las haciendas solo para solaz de toreros y ganaderos del toreo… » -sigo divagando).

Pero volviendo a mi discurso primero… Todo trajinado cansancio tiene su momento de gloria. Después de cenar disfruté de mi primera noche bajo el manto cerúleo extremeño, con las miles de estrellas como vigías, la Vía Láctea visible antes que la luna llena asomara con su cuarto decreciente y un tímido avión lo atravesara, que por la trayectoria iba dirección Lisboa o quizás, más lejos, allende los mares, dirección a las Américas.

Por primera vez era yo quien anoche contaba «batallitas» a su hijo. Hasta hace cuatro veranos era mi padre quien deleitaba mis oídos con sus muchísimas historias. Su memoria prodigiosa -esa que parece no he heredado en igual intensidad- fue durante los últimos años mi gran fuente de inspiración. Ahora solo quedan huecos vacíos en la casa, en torno a la mesa, en el porche y en el patio (corral lo llaman aquí); ya no habla él, mi padre, mientras mi madre cae en brazos de Morfeo después de una jornada intensa trabajando para que sus hijos y nietos tengan un verano feliz. Tampoco escucho a mi padre cortar sus historias para pedirle a su esposa que se vaya a dormir al cuarto. Ya no contamos «estrellas caídas» -«cometas, mamá, cometas» -le decía yo-, ni hablamos de historias del «más allá», o del «más acá», que las tribulaciones de la vida dan para mucha conversación. Solo hablan las sillas vacías, el sofá apenas concurrido y las televisiones que mi padre repartió por toda la casa: habitación, salón, porche, cocina con chimenea…

Pero es domingo y estoy aquí. Mañana será otro día y cuando hayan transcurrido otros siete, me iré rumbo a otras sierras en tierras de Huelva y luego, bajaré al mar y me bañaré en el Atlántico sabiendo que al otro lado de la línea infinita que marca el horizonte, se hallan tierras africanas, aquellas de donde mi padre se trajo otras tantas mil historias muy distintas…

No sigo, porque mis «batallitas» dan para un libro… ¿el libro de mi vida a través de las vidas de mis antepasados, quizás? Me dejaré llevar, como cuando camino sin rumbo… «por donde mis pies me lleven»…

Alicia Rosell. «Quijotadas y Mansedumbres». Domingo, 6 de septiembre del año de la pandemia 2020.

Sobre el autor

Escribo y pinto desde temprana edad. Pero, sobre todo, soy escritora. Durante años, en mi edad adulta, dejé de lado mi carrera literaria para apoyar la de otros autores. Mi camino tomó veredas como la de agente literario y la edición. En plena Era Digital, regreso para no perder mis 'trazos literarios' en la maraña de mi desmemoria.

(1) Comentario

  1. taotorre dice:

    Eres, sin ninguna duda, tanto de aquí como de allá. Todos los lugares son el lugar donde nos encontramos, montados en el mismo planeta, calentados por el mismo sol, amarrados a la tierra por la misma fuerza atractiva que nos convierte en galaxia carnal, donde cada célula es un habitante de un cosmos ‘personal’, que lleva sobre sí una vida imaginariamente única. Pero no. Somos una multiplicidad de inteligencias conviviendo, repartiendo responsabilidades, sumergidos en un rojo jugo de mar de sangre tibia viviente y viajera, excepto que escape de su territorio al espacio desconocido para morir lejos de su fuente y adorada máquina que la impulsa, su motor, su infinito mandamás, su corazón, su dios.

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