CONVERSACIONES TRASCENDENTALES

«Recreo en mi mente conversaciones transcendentales que debo tener con mi hijo y no puedo evitar recordar que son las mismas que un día tuvo mi madre conmigo y, después, en su ausencia, mi padre; seguramente no, indudablemente serán las mismas que ellos mantuvieron, a su vez, con sus padres.

Todo esto me confirma que me hago mayor, al compás que mi vástago, sí, pero mayor todavía, por ley de vida. También me trae a la memoria a mi tío J*** diciéndome que «después de la muerte de nuestros padres nos toca partir a nosotros»: él lo decía y en su caso sucedió antes de lo esperado (pareciera que fue ayer, tres décadas después). Y ahora que mi hijo y yo nos hacemos mayores como todo el mundo —que el paso del tiempo no es patrimonio exclusivo de nadie y es quizá un consuelo, yo intento mantener con él esas conversaciones trascendentales, precisas y necesarias, de madre a hijo, de persona adulta de mediana edad a joven adulto, para recordarle que la vida es tan corta que no siempre estaremos aquí para brindarle nuestro apoyo y consejos.

Estas conversaciones las recreo en mi mente y las escribo ahora, hoy, en esta tarde de verano en pleno invierno, desde la soledad de mi cuarto mientras espero que las horas de incertidumbre dejen de ser un peso más que cargar sobre mis costados.

Cuando hablemos yo sé que él quitará hierro a algunos de esos temas y eso no me disgusta, pero me quedaré tranquila sabiendo que voy allanando un camino difícil de recorrer para quien como él aún no ha asumido responsabilidades familiares porque el estilo de vida de nuestros días es bien diferente al que fuera el de mi generación.

Hay que enfrentarse a la vida cada día con una sonrisa que nos propicie esperanza y felicidad, pero también con esa misma sonrisa que nos sirve para enfrentar los momentos difíciles que a partir de cierta edad son ineludibles. Conversar con él de forma trascendental como yo he hecho con mi padre o mi madre durante los últimos años, eso es lo que necesito y no sé muy bien por cuántos años estaré aquí para —”machaconamente”— hacerlo; solo sé que esta es mi obligación como madre que educó a su hijo y como un derecho suyo de estar prevenido y preparado por quienes lo trajeron al mundo.

Todos amamos la vida y queremos ser felices, pero hay que aprender que esa misma vida continúa más allá de toda adversidad haciendo que vuelva a cerrarse otro círculo vital y que se renueve un ciclo. Es la constante Universal y es imparable.

Esto es la vida y sus misterios, desde la concepción y el alumbramiento hasta la muerte física: apenas un conato de enseñanzas que debemos ir trasladando de padres a hijos. El resto de ese aprendizaje nos viene asegurado a través de las experiencias vitales y solo una mente emocionalmente bien «amueblada» puede trascender a otros conocimientos, más pragmáticos y menos idealistas.

Y ahora, dejo de escribir de forma trascendental y voy a invertir el resto de luz de lo que queda del día en menesteres menos «trascendentales». Mientras, siento bullir la vida, dentro y fuera de mi ser, mi yo consciente; porque es y así debe ser, a pesar de las incertidumbres.»

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